lunes, 10 de diciembre de 2007

CUENTO: LA HOJA Y EL BASURERO

yo se que es una tipica historia de amor pero es linda y nos enseña el mensaje del amor y de no mirar el "fisico" jaja o la forma de la pareja. gracias!



“La hoja y el Basurero”

Todos me discriminaban, nadie me respetaba porque yo siempre estaba sucio. En realidad sigo estando sucio. Las piedras de afuera, que con un corazón tan duro como su mismo cuerpo, se animaban a criticar a cualquiera. Los cordones de las zapatillas de los alumnos que decían que porque eran más elásticos y flexibles, eran mejores que mi estabilidad y dureza. Siempre alguien me hacía sentir mal.
El miércoles, me vaciaron. Me encanta cuando me hacen eso, me sacan toda la basura de adentro y me dejan sano y limpio al costado del aula. Esos días dejo de tener olor y apariencia fea, por lo tanto me critican menos porque no tienen más razones para hacerlo. En un momento vi a uno de los alumnos agarrar una hoja de un sauce tortuoso que se había caído por la ventana. Apenas la vi, me enamoré de ella. El corazón me empezó a latir rapidísimo y más, al ver que ella se estaba acercando, lo que no vi es que era el chico el que la traía para depositarla dentro de mí. Cuando llegó, quise preguntarle su nombre pero estaba tan impresionado por su belleza, que las palabras simplemente no salieron de mi boca. Cuando volví del cielo, me animé a preguntárselo, y me dijo que se llamaba Leticia. Leticia, que nombre tan hermoso. La noté triste y eso me inquietó así que le pregunte porque lo estaba. Y ahí vino la parte trágica de la historia, se estaba muriendo. Me dijo que no era una enfermedad, era algo que le ocurría a todas las hojas después de un tiempo que se caían de los árboles. Luego de unos segundos, me miró muy profundamente a los ojos de una manera muy extraña y linda a la vez. Ahí me di cuenta de que ella también estaba enamorada de mí.
Así fue como pasaron los mejores días de mi vida. Cuando hablábamos, nuestros ojos se hacían brillantes. Yo me había propuesto disfrutar y aprovechar los últimos días de su vida. Jugábamos, nos contábamos chistes y por supuesto, las partes románticas. Ella me había iluminado la vida, y yo la suya. Todo estaba saliendo muy bien, hasta el domingo. Nunca me gustó ese día. Los alumnos están en sus casas y yo estoy solo. Pensé que este domingo iba a ser una excepción, pero estaba equivocado. Habíamos terminado de comer, íbamos a leer “El Ruiseñor y la Rosa” que tanto nos gustaba a los dos. Prendimos unas velas y nos sentamos al lado. Antes de que pudiéramos empezar a leer, ella comenzó a toser y a toser. No paraba, se estaba volviendo cada vez más pálida y marrón. En un momento paró, y pensamos que todo había terminado. Pero al ratito empezó de nuevo. Tosió, tosió, tosió, ahora era savia lo que tosía. La puerta del cuarto estaba cerrada con llave, y los únicos en el lugar eran los bancos y las sillas, gigantes tontos que para lo único que servían era para que alguien se apoye en ellos, pero en realidad sólo dormían. No había nadie y no podíamos salir. Si yo rompía la ventana y salía para pedir ayuda, iba a ser una perdida de tiempo. “¡No cierres los ojos!” le decía a mi amada, aún sabiendo que ella no podía hacer nada al respecto. Mi desesperación llegaba hasta el cielo y un poco más. Decidí parar de moverme, quedarme quieto, quizás mis bruscos movimientos la ponían a ella más nerviosa. Me quedé al lado, mirándola en sus últimos segundos. Me costaba pensarlo, pero lo que pasaba era claro. La agarré de su lámina ondulada y le sonreí. No paraba de toser, hasta que en un momento paró, y cayó en mis brazos. Desmayada para siempre.
Todos los días desde mi esquina, miro tu reflejo en la ventana mágica de la que caíste ese día. Y me acuerdo de ti, mi hermosa Leticia.

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